
Debe hacer aproximadamente 4 años, quizás más, no lo recuerdo bien, no tiene mayor importancia. Hay momentos que la vida se encarga de hacer que se evaporen, es por eso que soy incapaz de recordar la fecha. Me divorcié y deje atrás la oscuridad, la incomprensión, la desidia, los gritos, los insultos, los desprecios… todo lo malo.
Miedo que te atenaza, te hace pequeña, te convierte en invisible, miedo en casa, miedo a la noche, miedo a un timbre de voz concreto, miedo al sonido de una puerta, se te va filtrando en la piel sin que te des cuenta, te acostumbras a vivir con él, no lo identificas.
Un día abrí los ojos, fue como ver amanecer sentada delante del mar, me llegó la brisa, sentí palpitar la vida dentro de mí, la sentía fluir y veía como se diluía, como se me escapaba entre los dedos.
Desaparecieron las dudas, perdí el miedo, la necesidad de vivir fue más poderosa.
Planté cara y le di una patada al puto miedo, salió por la puerta y me juré no volver a sentirlo jamás, recompuse mis trocitos de alma dispersa, resquebrajada, me levanté.
Vacié esa mochila que llevaba a la espalda llena de piedras, las tiré lejos, muy lejos y llené mi mochila de nuevo, de aire fresco, de un exceso de deseos, de palabras bonitas, de caricias, de besos, de risas, de ternura, de optimismo, de fuerza.
Empecé a caminar imparable, despacio pero segura de que no había vuelta atrás, con ilusión renovada, se abría un nuevo mundo delante de mí.